Devocionario Eucarístico

"Proclamemos el Reino de la Vida,
aclamemos el triunfo del Señor,
celebremos ya todos redimidos.
El Banquete del Pan y del Amor".
(Himno de Adoración)


Alabanzas ante el Santísismo Sacramento .

Alabanzas Ante el Santísimo Sacramento.

Aspiraciones a Cristo Redentor.

Pange Ligua.

Adóro Té Devóte.

Oh Salutaris Hostia.

Oraciones de los Santos.

San Ambrosio

Santo Tomás de Aquino (1) (2)

Oraciones de los Sumos Pontífices

Oraciones del Papa Pablo VI.
(1) (2)

Oraciones del Papa Juan Pablo II. (1) (2)

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Alabanza al Santísimo Sacramento del Altar

Bendito sea Dios.

Bendito se a su santo nombra.

Bendito sea Jesucristo, Verdadero Dios, Verdadero Hombre.

Bendito sea el nombre de Jesús.

Bendito sea su sacratísimo corazón.

Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.

Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.

Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima.

Bendita  sea su santa e inmaculada Concepción.

Bendita sea su gloriosa Asunción.

Bendita sea el nombre de María, Virgen y Madre.

Bendito sea san José,  su castísimo Esposo.

Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos.

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Aspiraciones a Cristo Redentor.

 

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh buen Jesús, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de tí.

Del enemigo malo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte,

llámame y mándame ir a ti,

para que con tus santos te alabe,

por los siglos de los siglos. Amén.

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PANGE LIGUA (Himno)

Canta, lengua, el misterio del cuerpo glorioso y de la sangre preciosa que el Rey de las naciones, fruto de un vientre generoso, derramó como rescate del mundo.

Nos fue dado, nos nació de una Virgen sin mancilla; y después de pasar su vida en el mundo, una vez esparcida la semilla de su palabra, terminó el tiempo de su destierro dando una admirable disposición.

En la noche de la última cena, recostado a la mesa con los hermanos, después de observar plenamente la ley sobre la comida legal, se da con sus propias manos como alimento para los Doce.

El Verbo hecho carne convierte con su palabra el pan verdadero con su carne, y el vino puro se convierte en la sangre de Cristo. Y aunque fallan los sentidos, basta la sola fe para confirmar al corazón recto en esa verdad.

Veneremos, pues, inclinados tan gran Sacramento; y la antigua figura ceda el puesto al nuevo rito; la fe supla la incapacidad de los sentidos.

Al Padre y al Hijo sean dadas alabanza y júbilo, salud, honor, poder y bendición; una gloria igual sea dada al que de uno y de otro procede. Amén.


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ADÓRO TÉ DEVÓTE (himno)

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más verdadero que esta palabra de verdad.

En la cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere, que te ame.

¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que da la vida al hombre; concédele a mi alma que de ti viva, y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí, inmundo, con tu sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

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O SALUTARIS

Oh saludable Hostia,
que abres la puerta del cielo:
en los ataques del enemigo
danos fuerza, concédenos tu auxilio.
Al Señor Uno y Trino se atribuye eterna gloria:
y El vida sin término nos otorgue en la Patria. Amén

 

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Oración de San Ambrosio, Obispo.

 Señor mío Jesucristo, me acerco a tu altar lleno de temor por mis pecados, pero también lleno de confianza, porque estoy seguro de tu misericordia.

Tengo conciencia de que mis pecados son muchos y de que no he sabido dominar mi corazón y mi lengua; por eso. Señor de bondad y de poder, con miserias y temores me acerco a ti, fuente de mise­ricordia y de perdón; vengo a refugiarme en ti, que has dado la vida por salvarme, antes de que llegues como juez a pedirme cuentas.

Señor, no me da vergüenza descubrirte mis llagas. Me dan miedo mis pecados, cuyo número y magnitud sólo tú conoces; pero confío en tu infinita miseri­cordia. Señor mío Jesucristo, rey eterno. Dios y hom­bre verdadero, mírame con amor, pues quisiste ha­certe hombre para morir por nosotros. Escúchame, pues espero en ti. Ten compasión de mis pecados y miserias, tú que eres fuente inagotable de amor.

Te adoro. Señor, porque diste tu vida en la cruz y te ofreciste en ella como redentor por todos los hombres y por mi. Adoro, Señor, la sangre preciosa que brotó de tus heridas y ha purificado al mundo de sus pecados. Mira, Señor, a este pobre pecador, creado y redimido por ti.

Me arrepiento de mis pecados y propongo corregir sus consecuencias. Purifícame de todas mis maldades para que pueda celebrar dignamente este santo Sa­crificio.

Que tu Cuerpo y Sangre me ayuden. Señor, a obtener de ti el perdón de mis pecados v la satis­facción de mis culpas; me libren de mis malos pen­samientos, renueven en mí los sentimientos santos, me impulsen a cumplir tu voluntad y me protejan en todo peligro de alma y cuerpo. Amén.

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Oración de Santo Tomás de Aquino I.

Dios eterno y todopoderoso, me acerco al sacra­mento de tu Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, como se acerca al médico el enfermo, el pecador a la fuente de misericordia, el ciego al resplandor de la luz eterna y el pobre e indigente al Dios del cielo y de la tierra.

Muéstrame, Señor, tu bondad infinita y cura mis debilidades, borra las manchas de mis pecados, ilu­mina mi ceguera, enriquece mi indigencia y viste mi desnudez, a fin de que pueda yo recibir, en el Pan de los ángeles, al Rey de los reyes y Señor' de los señores, con toda la humildad y la reverencia, el arrepentimiento v el amor, la pureza, la fe y el deseo que son necesarios para la salvación de mi alma.

Haz, Señor, que no sólo reciba yo el sacramento del Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, sino también la fuerza que otorga el Sacramento, y que con tal amor reciba yo el Cuerpo que tu Hijo, nuestro Señor Je­sucristo, recibió de la Virgen María, que quede yo incorporado a su Cuerpo místico y pueda ser contado como uno de sus miembros.

Concédeme, Padre lleno de amor, llegar a con­templar al término de esta vida, cara a cara y para siempre, a tu amado Hijo, Jesucristo, a quien voy a recibir hoy, oculto en este sacramento.

Por el mismo Cristo nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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Oración de Santo Tomás de Aquino II.

Te doy gracias. Señor, Padre santo. Dios todopo­deroso y eterno, porque, aunque soy un siervo pe­cador y sin mérito alguno, has querido alimentarme misericordiosamente con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Que esta sagrada comunión no vaya a ser para mi ocasión de castigo, sino causa de perdón y salvación. Que sea para mi armadura de fe, escudo de buena voluntad; que me libre de todos mis vicios y me ayude a superar mis pasiones desordenadas; que au­mente mi caridad y mi paciencia, mi obediencia y mi humildad y mi capacidad para hacer el bien. Que sea defensa inexpugnable contra todos mis enemigos, visibles e invisibles, y guía de todos mis impulsos y deseos.

Que me una más íntimamente a ti, el único y verdadero Dios, y me conduzca con seguridad al banquete del cielo, donde tú, con tu Hijo y el Espíritu Santo, eres luz verdadera, satisfacción cumplida, gozo perdurable y felicidad perfecta. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

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Oraciones del Papa Pablo VI

I

Señor Yo Quiero Creer en Ti.

Haz, Señor, que mi fe sea pura, sin reservas, y que penetre en mi pensamiento, en mi modo de juzgar las cosas divinas y las humanas.

Que mi fe sea libre. Señor, es decir, acompañada por mi elección personal, que acepte las renuncias y los riesgos que comporta, y que exprese lo que es el vértice decisivo de mipersonalidad: yo creo en ti, Señor.

Señor, haz que mi fe sea firme: firme por una lógica externa de pruebas y por un testimonio interior del Espíritu Santo; firme por la luz aseguradora de una conclusión pacificadora,de una connaturalidad suya reposante: yo creo en ti. r.

Señor, haz que mi fe sea feliz: que dé paz y alegría a mi espíritu que lo capacite para la oración con Dios y para la conversación con los hombres; de forma que irradie en el coloquio sagrado y profano la original dicha de su venturosa posesión.

Yo creo en ti. Señor. Oh Señor, que mi fe sea humilde: que no presuma basarse en la experiencia de mi pensar y sentir, sino que se rinda ante el testimonio del Espíritu Santo; y que no tenga otra garanda mejor que la docilidad a la autoridad del magisterio de la santa Iglesia. Amén.

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II

CORPUS CHRISTI

Jesús, tú te haces nuestro: ¿cómo y por qué? Nos atraes hacia ti presente, presente de una forma misteriosa, si, pero no más misteriosa que la del pensamiento presente en la voz y la de la voz presente en el ánimo del auditorio; única en si y tan multiplicada cuantos son los presentes que la oyen.

Presente, como el singular peregrino de Emaús, que alcanza, se acerca, acompaña, adoctrina y conforta los desconsolados viandantes en el atardecer de las esperanzas perdidas.

 Presente en el silencio y en la pasividad de los signos sacramentales, como si quisieras a un tiempo ocultar y revelar todo su ser, de modo que sólo el que cree y a un tiempo poner el abrigo comprende, y ofrecer todo su ser,de modo que sólo el que ama pueda de verdad recibir.

Hacia ti nos atraes, paciente: paciente en la oblación de tu ser por la salvación de los demás, para alimento de los demás; paciente al simbolizar tu cuerpo separado de la sangre, es decir, como victima inmolada y desangrada; paciente hasta la media extrema del dolor,de la deshonra, del abandono, de la angustia y finalmente de la muerte, para que en la medida de la pena se revelara el grado de la culpa y de amor, de la culpa humana y de tu amor.     

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Oración de Juan Pablo II

¡Señor, quédate con nosotros!

Quédate con nosotros hoy,

y quédate, de ahora en adelante, todos los días...

¡Quédate!

Para que podamos encontrarnos

 contigo en la adoración y el agradecimiento,

 en la oración de expiación y de súplica,

a la que todos los visitantes de esta basílica están invitados.

¡Quédate!

Tú que a la vez estás velado

en el misterio eucarístico de la fe

 y revelado bajo las especies que tomaste en este Sacramento.

¡Quédate!

Para que se reconfirme constantemente tu presencia en este templo, y todos los que entren en él adviertan que es tu casa, «la morada de Dios entre los hombres», y visitando esta basílica encuentren la fuente misma «de vida y de santidad que brota de tu Corazón eucarístico».

La Eucaristía es el testimonio sacramental de tu primera venida, con la que quedaron reafirmadas las palabras de los profetas y se cumplieron las esperanzas.

Nos has dejado, Señor, tu cuerpo y tu sangre bajo las especies de pan y vino para que atestigüen que se ha realizado la redención del mundo, y para que por ellas llegue a todos los hombres tu misterio pascual como sacramento de la vida y de la salvación.

La Eucaristía es, al mismo tiempo, un constante prenuncio de tu segunda venida y el signo del adviento definitivo, a la vez que la espera de toda la Iglesia: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven. Señor Jesús!»

Queremos, todos los dias y a todas las horas, adorarte, despojado bajo las especies de pan y vino, para renovar la esperanza de la «llamada a la gloria», cuyo principio eres tú con tu cuerpo glorificado «a la derecha del Padre».

Un día, oh Señor, preguntaste a Pedro: «¿Me quieres?»

Se lo preguntaste tres veces, y por tres veces él respondió: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» La respuesta de Pedro, sobre cuyo sepulcro está erigida esta basílica, se expresa hoy mediante esta adoración de cada día y de todo el día...

Todos cuantos participen de esta adoración en tu presencia eucarística testimonien con cada visita y hagan nuevamente resonar aquí la verdad encerrada en las palabras del apóstol:

«Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Amén.

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¡Tú tienes Palabras de Vida Eterna!

Señor Jesús:

Nos presentamos ante ti sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos.

«Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios».

Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como co­munión y donación de todo lo que eres.

Aumenta nuestra FE.

Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo. Contigo ya podemos decir: Padre nuestro. Siguiéndote a ti, «camino, verdad y vida», queremos penetrar en el aparente «silencio» y «ausencia» de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo»

Con esta FE, hecha de escucha contemplativa, sa­bremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social.

Tú eres nuestra ESPERANZA, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo. Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives «siempre intercediendo por noso­tros».

Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Pa­dre.

Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo.

Apoyados en esta ESPERANZA, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvificos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.

Queremos AMAR COMO TÚ, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres.

Quisiéramos decir como San Pablo: «Mi vida es Cristo». Nuestra vida no tiene sentido sin ti. Queremos aprender a «estar con quien sabemos nos ama», porque «con tan buen amigo presente todo se puede sufrir». En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración «el amor es el que habla» (Sta. Teresa).

Entrando en tu intimidad, queremos adoptar de­terminaciones y actitudes básicas, decisiones durade­ras, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana.

CREYENDO, ESPERANDO Y AMANDO, TE ADORAMOS con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: «Quedaos aqui y velad conmigo».

Tú superas la pobreza de nuestros pensamiento? sentimientos y palabras; por eso queremos aprendí a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con un presencia de donación.

El Espíritu Santo que has infundido en nuestro corazones nos ayuda a decir esos «gemidos inenarrables» que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya s contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra

En nuestras noches físicas y morales, si tú está presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos bast2 aunque muchas veces no sentiremos la consolación

Aprendiendo este más allá de la ADORACIÓN, es taremos en tu intimidad o «misterio». Entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el «misterio de cada hermano y de cada acontecimiento para in seriarnos en nuestro ambiente familiar y social construir la historia con este silencio activo y fecunda que nace de la contemplación.

Gracias a ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de AMAR y de SERVIR.

Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre.

Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos Amén.

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