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Ponencias. |
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Día 2. "Eucaristía y Conversión"
Exmo. Card.
Bernard Francis Law, Arcipreste de la Basílica Santa María la Mayor,
Roma. Fecha: Viernes, 25 de Julio de 1997.
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Cada vez que escucho estas palabras inmediatamente me acuerdo del contexto en el que con tanta fuerza se nos recuerda en la vigilia pascual. Después de encender el fuego, mientras se prepara el cirio pascual, el celebrante traza la señal de la Cruz y dice estas mismas palabras: Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre. Se cumplirán todas las grandes esperanzas de este congreso en cuando hagamos nuestra esta aclamación fundamental de la fe de la Iglesia. Sin duda alguna Jesucristo es nuestro Señor y Salvador y es sin duda alguna el mismo ayer, hoy y siempre. Es un gran honor para mí haber sido invitado por el arzobispo de Maracaibo, su Excelencia el reverendísimo Ovidio Pérez Morales a participar en este importante congreso eucarístico. No vamos a quedarnos parados en sólo el primero de los tres años de reparación para la celebración del milenio sino que también hemos de prepararnos de modo más inmediato para el quinto centenario de la evangelización de Venezuela. Más aún también señalamos el centésimo aniversario del establecimiento de que Iglesia local. En este momento, unido a ustedes, disfrutó en esperanzada anticipación todo lo bueno es gratuito que Dios va a hacer en nuestras vidas durante estos días. Con ustedes invoco María madre de la iglesia, madre de un nuevo adviento, para que interceda por nosotros de manera que no se abramos a las mociones del Santo espíritu de Dios en nuestros corazones y nuestras mentes como individuos, en nuestros corazones y en nuestras mentes, como Iglesia local, en nuestros corazones y nuestras mentes como Iglesia en toda Venezuela, en toda América y en todo el mundo. Que Dios nos de la fuerza, por la poderosa intercesión de María con madre de Dios, para proclamar a todo el mundo que Jesucristo es Señor, es Salvador, es él mismo ayer, hoy y siempre. Que privilegio único es para mí estar reunido con ustedes en este lugar y este tiempo. Ustedes representan a los llamados por Dios a ser líderes de la iglesia por medio de esta archidiócesis. Miren a su alrededor y vean, reunidos con ustedes aquellos hombres y mujeres en los que se mueve el espíritu y que por su medio el Espíritu toca la vida de los demás. Recordemos en un primer encuentro de la Iglesia hace casi 2000 años. Un encuentro mucho más pequeño que el nuestro. Un encuentro de hombres y mujeres temerosos de una persecución inminente. Cuando comparamos nuestra reunión con la primera reunión desde Pentecostal tenemos motivos para mirar al futuro con confianza. Miren lo que Dios hecho en todo el mundo en la Iglesia durante estos dos mil años. Miren lo que Dios hecho a largo de estos 500 años en la iglesia de Venezuela. Mira lo que Dios ha hecho lo largo de estos 100 años en esta iglesia local. ¿Puede haber una razón para dudar de un Dios tan bueno y generoso que se reveló a sí mismo como Padre de misericordia a través de la muerte y resurrección de Cristo Jesús? ¿Hay razón alguna que nos lleve a dudar de que este Dios nos conducirá al nuevo milenio? Es muy fácil que nos obsesionemos con las sombras. Es muy fácil que no oigamos la voz de Dios que nos llama en medio de nuestras dificultades. Que bienvenida oportunidad la que nos proporcionan un congreso eucarístico como éste. No es distinta a la invitación que Jesús hace a Pedro, Santiago y Juan de subir con el al monte Tavor. Allí en la quietud y en el retiro, en la oración, Pedro, Santiago y Juan, llegan a comprender que ÉL es la plenitud de la ley y los profetas. Llegará a comprender que la misericordia de Dios El padre estaba presente para ellos en el Señor Jesús cuando les tocó y les dijo: " no tenga miedo. " El bello tema bíblico de este congreso Eucarístico recuerda las palabras de Marta a su hermana María: " El maestro está aquí y te llama". ¿Cuál era el sentido en el contexto original de estas palabras? se deba la situación trágica de dos Hermanas que había perdido su querido hermano. El había muerto, parece, de muerte repentina. Jesús y a la escena después de la muerte de Lázaro. Martha, una mujer tan representativa de todos nosotros en ser absorbida por los múltiples detalles de la vida humana, y expresa a Jesús su dolor y el de su hermana María. Quejosamente Martha le dice: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto”. Jesús, amablemente, explica la verdad que la Iglesia comprenderá solamente a la luz del espíritu Santo. Jesús le dijo: " Yo soy la resurrección y la vida; quién creen en mi, aunque haya muerto, volver a vivir. Y en que esté vivo y crea en mí, no morirá jamás" (Jn 11,25-26) Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. El Señor Jesús que sufrió y murió en la cruz para alcanzarnos el perdón de los pecados y una nueva vida, ha resucitado de la muerte y está sentado a la derecha del Padre en la gloria celestial. Es este Jesucristo el que hace presente en nosotros el amor misericordioso de nuestro Padre. Hago mías las palabras de Marta y se la recuerdo a ustedes, como me las recuerdo a mí, de que el maestro está aquí y pregunta por ti, pregunta por mi, pregunta por cada uno de nosotros. El maestro está aquí en cualquier circunstancia de necesidad personal, de plenitud personal, de personal ansiedad, de personal alegría, personal de dolor, personal tristeza, personal de dolor, cualquiera que sea la situación en la vida personal de cada uno de nosotros, el Señor Jesús está presente y nos llama. El está presente en la increíblemente bella invitación " vengan a mí todos los que estaban agobiados y en apuro, que yo les aliviaré. " Tengo un amigo que es monje trapense. Por nacimiento judío. Cuando tenía once años iba andando por las calles de su barrio en Broocklin, Nueva York, y vio un poster anunciar un acto en la iglesia luterana. El poster presentaba Jesús con los brazos extendidos y en la parte inferior estaban escritas estas palabras, "venid a a mí todos los que estaban agobiados y en apuro." Cuando mi amigo trapense vio el poster se sintió inmediatamente atraído al Señor Jesús al que todavía no había conocido. Aquel simple cuadro con estas palabras de Jesús fueron suficientes para mover su corazón. En aquel momento comenzó, un viaje de fe que le llevó al bautismo, al sacerdocio y la vocación monástica en la orden de los trapenses. Queridos míos, ¿es que tenemos alguna razón para sospechar que la palabra de Dios es menos poderosa en nuestra vida que en la vida de aquel niño de once años? Que seamos más atentos al poder de la palabra de Dios en la escritura. Que escuchemos la palabra de Dios dirigida de modo personal a cada uno de nosotros. Este día en el congreso Eucarístico lo enfocamos en la Eucaristía y en la Conversión. Conversión quiere decir volvernos a Dios; quiere decir seguir su camino, quiere decir compromiso de hacernos sus discípulos. Conversión quiere decir apartarnos del pecado y volvernos a Dios. La antítesis de la conversión es la actitud de Adán y Eva, nuestros primeros padres, en el momento trágico del pecado original. Después de pecar tuvieron miedo y se escondieron de Dios. La conversión precisamente es todo lo contrario; es correr a Dios en respuesta a la llamada graciosa del señor: "El maestro está aquí y te llama." El Señor Jesús está aquí, en esta archidiócesis. El maestro está aquí en nuestra vida como familia. Que importante es que demos testimonio de vida familiar. Cuan desesperadamente nuestra sociedad necesita comprender la santidad de la familia; comprender la necesidad de la indisolubilidad del matrimonio; que el niño es un precioso regalo de Dios; comprender la dignidad de todos ser humano desde el primer momento de la concepción hasta el último momento de la muerte natural. Cuan desesperadamente nuestra sociedad necesita comprender el papel amoroso del padre y de la madre. De modo especial, cuan desesperadamente nuestra sociedad necesita redescubrir, que el padre es la imagen de nuestro Padre celestial, un Padre rico en amor y misericordia... En esta enseñanza, en nuestros programas pastorales, en nuestra representación del gobierno, ante todos los niveles, nosotros como iglesia debemos dar testimonio de la santidad de la familia. El Señor está aquí en nuestras familias. Debemos descubrirlo dentro de ese maravilloso santuario de la Iglesia domésticas. Dentro de la familia debemos ayudarnos unos a otros a encontrar al Señor en medio de nosotros. El Señor está en el aquí de nuestro entorno social y político. El sin estar presente nuestros hermanos y hermanas que forman con nosotros esta sociedad que es Maracaibo, esta sociedad que se extienden a esta Arquidiócesis, esta sociedad que es Venezuela, esta sociedad que es América, esta sociedad es el mundo. Con anticipación a la reunión especial del Sínodo de Obispos para América, el Santo Padre nos llama a que comprendamos el significado de nuestra solidaridad en esta parte del mundo. Él no habla de las Américas, el Santo Padre convoca a los Obispos de esta parte del mundo a una asamblea de la Iglesia en América. Su deseo es que en por este hecho comprendamos que hemos de vivir en solidaridad, hermanos y hermanas. Y para hacer esto, amados míos, es necesario veamos a Jesucristo en el otro y particularmente a aquellos que sufren más necesidad. Que magnífica visión de fe es la nuestra cuando vemos al Señor Jesús en los más pequeños. El maestro está aquí nos llama; nos llama un servicio amoroso a trabajar por la justicia, a obras de más justicia; nos llama hacer lo que Él es para nosotros: misericordia encarnada, amor encarnado. El Maestro está aquí y te llama allí en el admirable misterio en la Iiglesia... San Pablo habla de la Iglesia en términos de que Cristo es la cabeza y nosotros somos los miembros. San Pedro nos da la imagen magnifica del templo espiritual del que Cristo es la piedra angular y nosotros las piedras vivas que hacemos el edificio. Nuestro Señor y Salvador dice que el es la vid y nosotros los sarmientos. El maestro está aquí en esta realidad que es la Iglesai y nos llama a gustar más profundamente quiénes somos nosotros en nuestra vida todos juntos en Él. Nosotros gritamos con las elevadas palabras de San Pablo: "vivo ahora, no yo; es Cristo quien vive en mí un." Hemos de vivir en comunión los unos con los otros para reconocer la presencia del Señor en la Iglesia. Es necesario que comprendamos más profundamente el regalo de Pedro a la Iglesia. El ministerio de que eran parte tan integral de la vida de la Iglesia que el Padre nos dice que allí donde esté Pedro, está ahí la iglesia. Mucho más que una primacía de honor, el ministerio de Pedro como maestro y Pastor es integral a la vida y bienestar del pueblo de Dios en la tierra. Esta verdad de comunión hemos de vivirla a nivel de diócesis donde comprendemos que dónde está el obispo está allí está la Iglesia. Escuchen estas
palabras del Concilio Vaticano II en la constitución de la Sagrada
Liturgia: "Por lo tanto, todos deberían tener en gran estima la vida litúrgica de la diócesis centrada alrededor del obispo, especialmente en su iglesia catedral. Los fieles han de convencerse que la principal manifestación de la Iglesia consiste la plena y en la activa participación de todo pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, especialmente en la misma Eucaristía, en una oración, un altar en el que el obispo presiden, rodeado por su colegio de sacerdotes y ministros." (Sacrosanctum Concilium, 41). Es muy importante que encontremos el Señor que nos llama a la unidad del culto, de misión y de fe que es la Iglesia. ¡Que escándalo si los sacerdotes no son uno con su Obispo, si los religiosos no son uno con el Obispo y entre ellos, si los laicos siguen también andan divididos! Que esencial es que seamos aquellos a los que fuimos llamados, una comunión que refleja el misterio de Dios uno y trino. El maestro está aquí
en nuestra necesidad de conversión personal y nos llama en esta
necesidad. En necesario, queridos míos, que llamemos por su nombre la
oscuridad que nos rodea, la oscuridad que hay dentro de nosotros si
queremos reconocer la luz de Cristo. El Señor Jesús en sus apariciones a
los discípulos dentro de la resurrección usó la poderosa palabra “paz” y
le dio la Iglesia el don suyo de curación y reconciliación en el
sacramento de la penitencia. En mi propio país, no puedo hablar por
experiencia de ustedes, pero en mi país, que desgracias, me temo; que
nos hemos hecho sordos a la llamada del Señor en el sacramento de la
penitencia. Es tan esencial que descubramos quiénes somos en el amor
misericordioso de Dios y la misericordia revelada en Cristo Jesús... El
Santo Padre nos recuerdan una y otra vez que Jesús revela nos plenamente
quiénes somos y ha lo que hemos sido llamados, de la misma manera que
nos revela quien es Dios: un Padre. En su encíclica "Dives in
Misericordia" el Santo Padre dice: “El hombre y la sublime llamada del
hombre han sido revelados en Cristo por la revelación del misterio del
Padre y de su amor. Es muy importante que veamos con claridad el interior de nuestra propia vida y que reconozcamos nuestros pecados con nuestras limitaciones, nuestras heridas que claman por el poder curativo de nuestro Señor y Salvador. Cuando más grandes sean nuestros pecados más grande ha de ser nuestro clamor por la misericordia de Dios. Escuches al Señor. El Señor les llama a ustedes y me llama a mí por medio del sacramento de la penitencia para que recibamos la misericordia y el amor del Padre Dios. La conversión a la que el Señor nos llama en el sacramento de la penitencia no es un momento aislado de garcía en nuestras vidas, más bien es un comprometernos a morir al pecado y de resucitar a la novedad de una vida en Él. Es una invitación a recibir el poder curativo del Señor en aquellos aspectos de nuestra vida que nos coartan para ser más generosos en seguir el camino y hacernos discípulos. Nuestras debilidades, nuestras tentaciones, nuestras relaciones difíciles, nuestros temores ocultos con todo esto y mucho más experimentan el poder curativo del amor de Dios en el sacramento de la penitencia. Sé de de gente que en su vida adulta han comprobado el hecho de que el largo de la mayor parte de sus vidas no habían sido consientes de que en el sacramento de la penitencia no hay solamente perdón de los pecados sino también la sanación, el poder confortador del Señor que hace posible que vivamos una vida Santa. En último análisis, amados míos, hermanos y hermanas, el Señor nos llama aquí y ahora a ser mujeres y hombres santos. La Nueva Evangelización que el Santo Padre urge a la Iglesia comienza en los corazones y individuales de los creyentes. No podemos evangelizar a otros si nosotros mismos no estamos abiertos a la evangelización. Cuando estamos abiertos a la evangelización entonces estamos abiertos a la conversión, porque evangelización y conversión significan lo mismo en nuestras vidas. Y si estamos abiertos a la conversión, entonces comprenderemos que nuestra vocación es ser santos. Amados míos hay algunas tensiones en el iglesia contemporánea. Las en mi país y lo mismo, quizás, en vuestra nación, alguna que otra vez. A veces aparecen tensiones entre el magisterio y aquellos que están comprometidos ejercitarlo en la Iglesia y los teólogos. Puede haber diferencia en como llevar a cabo el compromiso de la Iglesia de servicio a los pobres y de crear aquí una sociedad más justa. Pueden surgir tensiones en los que se refieren a como la Iglesia ha de hacerse presente más eficazmente a todos aquellos que están marginados en la sociedad debido a la pobreza, falta de educación, el status que la sociedad les asigna como mujeres. Mientras buscamos ser una comunidad de fe en servicio a la comunidad más amplia en esta búsqueda por la paz y justicia, nosotros serviremos eficazmente cuando más interiormente la llamada a la santidad. Cuanto más luchemos por la santidad de nuestras vidas y todos juntos con una comunión de fe, esperanza y caridad. Al testimoniar el amor de Cristo dentro de nosotros entonces estamos damos testimonio del hecho que el es el único y que no hay otro por el que nos venga la salvación; de esta manera damos testimonio del hecho que Él y el Padre son uno. El maestro está aquí, el maestro está aquí y nos llama en Eucaristía, sobre todo nos llama en Eucaristía. La Eucaristía es la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia. La Eucaristía no debe estar aislada de todo aquello que la Iglesia ha sido llamada sino que más bien todo lo que somos como creyentes individuales y como Iglesia ha de ser visto en relación con la Eucaristía. Cuando pensamos en
la Eucaristía las palabra de San Pablo deben grabarse en nuestros
corazones: " Cada vez... que coméis este pan y bebéis de esta copa,
proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva. " (1 Cor 11,26) el
Señor Jesús nos llama en la Eucaristía, en su sacrificio redentor, en su
última manifestación del amor y misericordia del Padre y el dice: Hace unos meses el rector del seminario de la Archidiócesis de Boston me habló de un descubrimiento interesante que había hecho. Repasando el historial de todos los seminaristas de la diócesis encontró que un factor que aparecía con frecuencia era la relación con la parroquia en la que había períodos de adoración al Santísimo Sacramento. Es muy importante que leamos los signos de los tiempos. Uno de los signos de los tiempos en mi país, y quizás en el vuestro, es el redescubrimiento de la rica devoción de adorar al Señor en el Santísimo Sacramento. Me dirijo a mis hermanos obispos y sacerdotes, me dirijo a todos ustedes mis amados en el Señor, y les urjo a que escuchen al Señor que les llama en el Santísimo Sacramento, que les llama desde el Sagrario. Vengan, vengan y dediquen unos momentos de oración con él. En el contexto y íntimo de la oración privada ante la Eucaristía, escuchen cómo les hice venir a mí todos los que están cansados agobiados que yo les aliviaré. El Señor nos llama en cada celebración de la Eucaristía. Nos invita en cada misa a que purifiquemos nuestras mentes y nuestros corazones en la confesión del pecado, abrir nuestros corazones para recibir su palabra, a ofrecernos en unión con el prefecto sacrificio que el hace de sí mismo el Padre, y finalmente el nos invita a comulgar con él y en él ser más plenamente unos en servidos a los otros y a todo el mundo en amor. Nuestra conversión encuentra su máxima expresión en la Eucaristía. Volvernos a El es vivir su vida ofrecida en el pan y en el cáliz que su cuerpo y sangre, alma y divinidad. La llamada a la conversión no es simplemente la llamada a cambiar la vida personal de uno. Es una llamada de compromiso a traer a otros a la conversión. La iglesia es esencialmente misionera y cada uno de nosotros ha de participar en la vocación misionera. Hace 500 años hubo misioneros en una tierra lejana y viajaron a lo que Hoy es Venezuela. Nosotros somos herederos de su generosa respuesta a la llamada a aquélla. Hoy, tú y yo debemos escuchar aquella llamada y aplicar a los que están inmediatos a nuestro lado y a los que viven en todo el mundo. De modo especial somos responsables de aquellos católicos que no participan activamente de la vida de la Iglesia. Algunos de ellos han dejado la Iglesia porque no experimentaron dentro de nuestra comunión de fe la riqueza presente en ella. Por ejemplo, ¿cuántos hay que no llegan a comprende que la Biblia es el libro de la Iglesia? Para comprender en plenitud las sagradas escrituras es necesaria acercarnos a la palabra de Dios en aquella fe plena de la Iglesia católica. Hemos de leer la palabra de Dios a la luz de la fe de la Iglesia. Esta verdad es muy poco conocida en nuestros días. Es un escándalo que los católicos en tantos casos ignoren la palabra de Dios. La conversión de San Agustín se produjo cuando respondió las palabras: "toma el libro y lee, toma el libro y lee". Palabras que también debemos escuchar nosotros. Escuchada al Señor que nos llama en la sagrada escritura. Debemos incorporar la palabra de Dios entendida en la Fe de la Iglesia dentro de la fibra más íntima de nuestra existencia. Martha susurró a su hermana María y no susurra nosotros "el maestro está aquí y te llama...” Tan pronto como María oyó estas palabras se levantó y se fue hacia Él, Que dios nos conceda la gracia de hacer lo mismo. Que vamos a Él. - Subir - |
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